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Miércoles 23 de Abril de 2014    
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El Cácaro
'Mi semana con Marilyn'
Eduardo Díaz Vidales
17-06-2012
 
Como película, la producción a cargo del director televisivo Simon Curtis parece un ejercicio sin rumbo y constantemente a la deriva, igual que el escenario central del filme, la realización de aquella ligerísima y muy menor comedia británica, El príncipe y la corista (Laurence Olivier; 1957).

Parte detrás de cámaras de aquella famosa cinta y parte convencional historia de amor, la obra de Curtis se enfoca en dos relaciones. La del joven tercer asistente de dirección, Colin (Eddie Redmayne) y la Marilyn Monroe (Michelle Williams) de carne y hueso, aquella expuesta a la eterna depresión, adicta a los narcóticos legales y su lúgubre matrimonio con el escritor Henry Miller (Dougray Scott).

Y segunda, el gran choque de trenes, entre la estrella de cine, Monroe, que soñaba con ser vista como una actriz seria, y la del gran actor, Laurence Olivier (Kenneth Branagh) que anhelaba volverse estrella. El problema de filmes con éste, es que está demasiado centrada en estos dos encuentros para impulsar un guion que resulta manso, frustrante y repetitivo.

Hay algunos elementos a celebrar, especialmente el trabajo de sus talentosos actores, pero sin una sólida columna vertebral que es la trama, uno se queda con una cinta tan insignificante que por momentos aburre. No es que la historia carezca de dramatismo o toques narrativos convincentes, pero el trabajo de pluma del escritor Adrian Hodges y la ejecución de Curtis, la llevan al desplome.

Lo que se supondría debería ser, por la personalidad de Monroe, una ejecución atrevida y vibrante, se limita a seguir a los personajes con una cámara sin mayores aspiraciones cinematográficas.

Curtis demuestra ser un hombre destinado al plano ejercicio televisivo, nunca sabe qué hacer con dos actores talentosos como Williams y Branagh, y una trama potencialmente volátil y emocionante.

Si la cinta sobrevive es gracias a los intérpretes que dan vida a Monroe y Olivier. Branagh nunca termina por adentrarse en el personaje, no por falta de talento, sino que tiene poco material con que trabajar. Apenas asomos del ególatra actor y director, y de su mítica relación con la bipolar Vivien Leigh (Julia Ormond).

Aún así, su presencia sirve para enmarcar meditaciones interesantes sobre la naturaleza de la actuación. Lástima que no tiene más tiempo en pantalla para redondear que su interpretación, nominada al Óscar, es más impresionante de lo que aparece en pantalla.

Williams por su lado es uno de esos extraordinarios talentos cuyo rendimiento en cada filme destaca por encima de casi todo sus contemporáneos. Pocas actrices modernas podrían haber llevado el peso de la importancia del personaje sin convertirlo en una caricatura.

Williams resulta memorable tanto como Marilyn Monroe la estrella de cine que lograba actuaciones lucidoras con poco esfuerzo, y como la mujer atrapada en la depresión causada por ser ella.

Ambos actores son incapaces de dar nota en falso. Por desgracia, guionista y director sí lo son. Como registro histórico, Mi semana con Marilyn cae en el abismo de tantas cintas familiares tan convencionales. Si no fuera por Williams y Branagh, sería tan indistinguible como los muchos dramas de época sobre lo difícil que es ser una celebridad. 

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