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Defenso del lector
Alerta: el terrorismo llama a las puertas de Culiacán
Adrián García Cortés
06-05-2012
 
No es para alarmar a nadie, pero sí es hora de tomar las providencias necesarias que la historia nos enseña. En nuestro caso, lo que se pretende es que el lector y el periódico como medio necesario de información, refuercen sus intercambios para que juntos acudan a consolidar la paz en nuestra convulsa entidad.

Tiempos de terror y miedos vivimos. Para contrarrestarlos, se apuntan medidas que los minimicen atrayendo cuantas precauciones se puedan aplicar colectiva e individualmente. Y una de ellas, la más común de todas, es revisar nuestro sistema de vida en el que predominen los valores, la cultura, la educación y la ocupación.

Porque en pueblos ayunos de valores, escasos de cultura, atrapados de ignorancia y sobrados de desempleo, predomina la irritación social y son propicios a las acciones violentas y delictivas.

Los hechos ocurridos recientemente, tanto en los encuentros bélicos de Choix y Bamoa, como en los ataques a figuras emblemáticas de la fe religiosa, son un principio de barbarie y una advertencia a terrorismos que son frecuentes en climas sociales de inconformidad y desosiego.

Climas de inconformidad y temores suelen ser generacionales, que se incuban cuando los sistemas no se renuevan o los dirigentes pierden el sentido de su propia realidad.

He aquí algunos espacios donde el terrorismo cambió los rostros

La guerra civil española en los años 30 del siglo pasado se inició, por ejemplo, en la destrucción de templos e imágenes emblemáticas y los asesinatos de sacerdotes. La guerra de los cristeros en México se inició, asimismo, en destrucción de templos y crímenes contra los clérigos.

Se clamaba por cambios en los mandos políticos y sistemas. Al no canalizarse por los cauces debidos, fue primero el terrorismo y luego los enfrentamientos de pueblos contra gobiernos.

Pareciera que en nuestros días México vuelve a vivir climas de incertidumbre y de temor, donde el terrorismo lo mismo sirva a los mandos políticos o a la delincuencia común y, en ocasiones, a los llamados fanáticos que luchan contra un estatus que no les es de su agrado.

De terrorismo fuimos presa en los años de 1964 a 1970, durante los gobiernos de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez que culminaron con las masacres de Tlaltelolco el 2 de octubre de 1968 y en el Casco de Santo Tomás (Politécnico) en la Ciudad de México el 10 de junio de 1971, con remate de muertes en los hospitales.

En ese tiempo, antes y después de los Juegos Olímpicos, el terror cundió por cuenta del Estado, al preparar "comandos de la muerte" (los Halcones), para ir a los centros de enseñanza a "cazar" estudiantes, entonces los enemigos del régimen.

Los "comandos de la muerte" o grupos para municipales, dizque preparados para combatir a sediciones o guerrillas, lo primero que hacen es provocar el terror: es la justificación de su existencia.

Pero hoy día, la delincuencia misma ha aprendido estas tácticas, que al fin sus integrantes en mayor número fueron capacitados por los mandos policíacos o militares, y el riesgo es que la sociedad viva entre dos fuegos, ambos igualmente peligrosos porque una vez en "batalla" no hay autoridad que los detenga o abogue por ellos.

En Culiacán se han repetidos ataques a las iglesias, y se han cometido crímenes de políticos y de periodistas que la autoridad no investiga, dejando transcurrir el tiempo para que éste borre la memoria colectiva.

¿Qué hacer en clima extremo de violencia y terrorismo?

Podría intentarse un decálogo de acciones o no acciones, induciendo a que sea, el propio cuerpo social que haga su parte:

Si mucho de la violencia y los crímenes que se cometen son efectos de drogadicción, antes de emprender la guerra, crear y recrear centros de rehabilitación y establecer controles de adictos con atención médica.

Si el mayor número de adictos lo conforman jóvenes aun en edad escolar, procurar para ellos que la educación sea más especializada y con opciones de ocupación temprana en labores manuales o artesanales.

Si el comercio de las drogas va en aumento en virtud de los grandes despliegues publicitarios, concertar con los medios de comunicación una moderación sanitaria de beneficio social.

Si, como es común, en la "guerra" contra el narcotráfico, los mandos políticos y armados decomisan grandes cantidades de dólares, destinar estos recursos a reducir los consumos, sobre todo en los jóvenes, proveyéndolos de empleo y acicateando su amor a la tierra y la vida donde nacieron.

Si, como se pregona, en los antros o discotecas, cafés o centros de reunión, menudea del consumo de drogas, ejercer sobre ellos controles para detectar adictos y aplicarles alguna rehabilitación.

Si, como se ha dicho, los consumos de estupefacientes se prodigan ya desde la escuela primara, establecer tiempos y ocupaciones que distraigan a los chicos de las insinuaciones de vendedores fortuitos contra los cuales no se ejercen controles algunos.

Si, como lo economistas apuntan, el número de "ni-nis" (los que ni trabajan ni estudian) aumenta de manera progresiva junto con los de salario mínimo reducido, invertir en fuentes de trabajo a su nivel y no gastar más en implementos bélicos.

Si, no obstante las intenciones de ampliar la educación básica a la preparatoria, la deserción crece de forma alarmante, crear centros o medios de capacitación para el trabajo en sus propios escenarios, como ha ocurrido en la India y, no tan lejos, como en el sur de Oaxaca.

Si como tantas veces se ha dicho, la educación "se mama" en casa, y ésta no se delega a la prole, habría que pensar en escenarios donde hijos y padres, como ocurre en China, para que juntos reciban los buenos principios de convivencia y mejora de la calidad de vida.

Hoy día, esfuerzos diversos luchan por hacer valer la participación social como recurso supremo del cambio de sistema en la democracia; pero quedarse en los cuerpos de la ley, y esperar que el Estado resuelva "lo que el pueblo manda", pareciera inocuo si no se añaden proyecto y programas prácticos de ocupación para un ejercicio real y conciso de la función social. Todo lo anterior no es más que una invitación a que los lectores de Noroeste aporten, cuanto sea necesario, para que el cambio de sistema sea una realidad.

adrian.garcía@noroeste.com

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