S I L V I A E L E N A C O R O N E L L I Z á R R A G A
¿Inmortal para quién?
Antes deseaba ser inmortal sin importar si permanecía sola y aislada del mundo
Hace algunas semanas conversé con un amigo becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. Me preguntó cuál era la verdadera razón por la que yo escribía y qué tanto estaba dispuesta a sacrificar en el camino para trascender en la narrativa. Me miró firmemente como si buscara a través de mis pupilas un signo de debilidad o indecisión. El diálogo amistoso se convirtió súbitamente en un interrogatorio que llegó a incomodarme por su severidad.
Él se tornó circunspecto y en su rostro se dibujó un gesto inquisitivo. Insistió si estaba segura de que no había otros intereses de por medio, como el de complacer a los demás.
Llevaba consigo una enciclopedia pequeña, la abrió y me mostró a un considerable número de autores, algunos de ellos: Ernest Hemingway, Virginia Woolf, Edgar Allan Poe y Sylvia Plath. Me leyó en voz alta algunos párrafos de sus biografías y se detuvo para confesarme que debía saber que la vida de un escritor consagrado conllevaba múltiples sacrificios. Me explicó que tuvo que sacrificar un trabajo anterior bien remunerado, separarse de una novia con la cual llevaba varios años y mudarse lejos de su lugar de origen, todo lo dejó por un oficio mal retribuido, de continuos desvelos, de ardua investigación y lectura diaria, agregó que aún así no cambiaba por nada su aprendizaje y deseaba ser inmortal costara lo que costara, aún cuando esto significara apartarse del mundo. "¿Has llegado a sentir ese total desprendimiento?" me preguntó.
Aseveró que de no ser así entonces no era tan grande mi pasión por las letras. Permanecí reflexiva y le hice un cuestionamiento: "¿Y si yo no quiero ser inmortal?".
Antes deseaba ser inmortal sin importar si permanecía sola y aislada del mundo. Creo que muchos escritores no tuvieron elección, algunos nacieron genios y quizás si tuvieran la oportunidad de elegir nuevamente una manera de vivir tal vez hubieran preferido salir más de sí mismos. En mi caso, yo no nací genio y hace algún tiempo, recapitulando mi vida, pensé seriamente en cómo quería pasar el resto de mis días, ¿qué quiero conseguir del mundo? Era mi visión, pero ahora me preguntaba ¿qué quiero darle al mundo?
Dar al mundo no significa complacerlo, complacer es echar a perder y dar es amar. Alejarme de las personas no me ayudaría a amar o a entender más la vida, no me haría más sensible, simplemente miserable. Podría escribir sobre la soledad y las miserias que encierran mi recluida alma, me regodearía en mi egoísmo, me sentiría superior al creer que nadie puede entender mis percepciones y mis razonamientos profundos y sofisticados. Me compadecería de mis circunstancias, sentiría que la tierra es demasiado febril, cruel y despiadada y los llamaría a todos "ordinarios, mediocres y tiranos", me desahogaría escribiendo con ira, con mortificación y justicia disfrazada.
La vanidad me cegaría, la locura se apoderaría de mi escasa cordura y entonces viviría en la fantasía, en la utopía, y podría llegar a convertirme en lo que desprecié en un principio, en una tirana.